
Un día estás en la primaria, en el aula de cómputo, haciendo una “investigación” en la enciclopedia encarta (seamos sinceros, todos paseábamos por la interfaz sin saber qué hacer), guardando un .doc en tu disco de 3/2 (que, si tenías suerte, podías guardar un par de documentos) mientras a escondidas de la clase te pones a jugar buscaminas o un juego escondido de pipo; y en cuanto menos te das cuenta, ya estás en la universidad, peleando con la paquetería de adobe, buscando información en sitios “académicos” (Wikipedia. Lo siento), conectado al internet inalámbrico de tu escuela mientras mandas unos buenos memes por whatsapp.
¿En qué momento la tecnología se volvió indispensable, incluso en la educación? Yo personalmente, soy de una generación distinta, me tocó la inserción de las “aulas virtuales” (enciclomedia, si mal no recuerdo) en la primaria, donde matemáticas era pasar al pizarrón interactivo a resolver con un lápiz tosco que combinada un mouse y un puntero los ejercicios del día.

Ahora, tenemos el conocimiento del mundo entero al alcance de nuestras manos, literalmente, porque en nuestros smartphones con acceso (aún no libre) a internet podemos buscar cuanto nos plazca. Aunque esta sería el arma de doble filo que definiría mi generación y las posteriores.
Me tocó ver cómo mis compañeros se quejaban más y más de las lecturas que no iban acompañadas de un video en la computadora del salón, me tocó ver que dejaron de pedirnos monografías y biografías para clases y ahora nos pedían una hoja con la información para compararla en clases (Arial 12, aunque en ese entonces no sabía qué era eso).
La información era más accesible, sí, pero conllevaba un costo alto en la capacidad de aprendizaje de mi generación, porque ahora todo ese conocimiento de fácil alcance era, de igual manera, fácilmente desechado. A partir de aquí era difícil ver a algún niño leyendo por gusto, si de por sí era de unos pocos, el número se redujo aún más cuando ya no hubo necesidad de consultar libros para obtener información de las clases. Otra cosa que fue afectada es la interacción de las personas, ya que mi generación fue de las que chateaban en Messenger, con los famosos zumbidos y gif que te hacían darte a notar. Vi el surgimiento de Facebook (aunque yo me uní años más tarde) y a su vez me tocó ver la caída del Hi5.

La información ahí estaba, pero, surgió otro problema: ¿Qué era verdad y qué no? No muchos ponían sus fuentes de información (de hecho, sigue siendo un error actual), y algunos otros citaban como fuente otra página de internet. Con el rincón del vago y tareas.com se dio a conocer otro problema: el indiscriminado copy paste, que reflejaba el total desinterés de muchos que ni siquiera quitaban los hipervínculos o revisaban siquiera la ortografía.
Es como aquella reflexión del hombre y la piedra:
«Un hombre se encuentra con una piedra en su camino, el arquitecto la usará para edificar algo, el ingeniero, para construir algo, el militar la usará de arma, el artista la esculpirá y el holgazán la ignorará. El problema no es la piedra, sino el hombre y el qué hará con la piedra.»

Como conclusión hago una invitación a no depender enteramente de la tecnología en nuestra búsqueda de conocimiento, y a la vez, a aprender a dominarla, porque estas herramientas serán vitales en un futuro, incluso más que ahora. Nunca dejemos de aprender ni perdamos nuestra curiosidad.
